Kairós

On 01/08/2008, in Crítica y Reflexión, by David

Kairós es el momento oportuno, el tiempo de las cosas. El momento adecuado donde se combinan la potencia y la eficacia con la armonía y la mesura.  Los griegos y los romanos adoptaron para representarlo la iconografía utilizada por Lisipo, según ésta Kairós es un joven alado que apoya el pie izquierdo en una esfera. […]

Kairós es el momento oportuno, el tiempo de las cosas. El momento adecuado donde se combinan la potencia y la eficacia con la armonía y la mesura.  Los griegos y los romanos adoptaron para representarlo la iconografía utilizada por Lisipo, según ésta Kairós es un joven alado que apoya el pie izquierdo en una esfera. La pierna izquierda está flexionada y sostiene el cuerpo mientras con el brazo izquierdo sostiene una balanza. Las alas desplegadas cargan con el peso del joven que tiene en tensión todo el cuerpo intentando mantener el equilibrio.

Kairós se relacionaba en la cultura latina con la “Occasio”, la ocasión, y en el renacimiento se vinculó a la Fortuna.  Nuestra experiencia del tiempo está dividida por la experiencia del tiempo, un tiempo propio, auténtico pero difícil de comunicar y unido a una subjetiva idea de duración; y el tiempo mensurable, un tiempo físico, ese Cronos que devora a sus hijos.

Como Cronos devora a sus hijos yo devoro las páginas del libro del filósofo Giacomo Marramao, “Kairos: Apología del tiempo oportuno” que me sirve de guía y me brinda la ocasión de hablar de nuestra concepción del tiempo y en especial del tiempo personal que nos da sentido.

El tiempo es una de las sustancias esenciales de la historia. No podemos concebir la historia sin él, no tendría ningún sentido, perdería no sólo el suelo sobre el que se asiente sino su propia materia. Pero la historia, como el tiempo, la construimos, es una recreación, una memoria de lo sucedido, de parte de lo sucedido, de algunos de los protagonistas. Cuando este concepto lo aplicamos a nuestra existencia comprobamos rápidamente los extremos de esta concepción, cómo hay lugares, hechos o personas que aparecen iluminados por nuestro recuerdo mientras otros se difuminan y se pierden.

Einstein consideraba que sólo había dos tipos de tiempo, el psicológico y el físico. El primero es el que cada uno de nosotros experimenta y tiene una amplísima gama de variaciones subjetivas. El segundo tipo de tiempo  depende de los sistemas de referencia de distintos observadores y tiene un límite objetivo, la otra cara decisiva de la teoría de la relatividad, una constante física general independiente de todo parámetro. Este límite, es constante, y se representa mediante una barrera numérica infranqueable, la velocidad de la luz. Más allá de esa barrera, no tiene sentido hablar de un antes o un después. Ninguna señal y por supuesto ningún cuerpo puede moverse a una velocidad superior a la de la luz. Sin embargo nuestra concepción habitual de tiempo e incluso el tiempo al que nos dedicamos los historiadores, tiene que ver más con el primero que con ese tiempo absoluto y físico que define Einstein.

El concepto griego de Kairós, ese momento oportuno,  aparece también en la tradición judía, en el Eclesiastés, se habla de un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para el luto y un tiempo para la alegría, un tiempo para el silencio y un tiempo para el diálogo, un tiempo para odiar y un tiempo para amar, uno tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.

Del mismo modo hay un tiempo para marcharse y un tiempo para permanecer. En mi caso ha llegado el tiempo de marcharme, el de buscar un tiempo que este año me ha faltado en Campo Real, un tiempo desgastado por los viajes interminables, un tiempo devorado por la intemperie de este instituto.

La ocasión ha surgido, el adolescente alado que simboliza el momento oportuno ha venido a buscarme y me ha ofrecido un instituto cerca de casa, a medio camino de Madrid y de mi universidad, un tiempo que confío en que sea ocasión para avanzar, aprender y construir un tiempo personal que preciso. El año que viene mi paisaje será el de la Pedriza del Manzanares, mi viaje diario un recorrer los sotos y praderías que bordean una de las carreteras más bellas de Madrid.

Ese Kairos me aleja de vosotros, pero como ya os he dicho formamos parte unos y otros de nuestras particulares historias, ya veremos si el tiempo nos desdibuja o nos destaca cuando escribamos la bitácora de nuestra vida.

A mi me queda el consuelo de que si bien nos aleja el espacio el tiempo nos mantiene juntos.  Pienso, como lo hacía Ibn Hazm, uno de los poetas más importantes de la literatura andalusí que el tiempo nos une, él lo expresaba de este modo:

Alejado estás dicen; pero no importa

porque vivimos el mismo Tiempo Ineludible.

El sol brilla por encima de ambos

cada día con el mismo resplandor.

¿Puede estar lejos si entre nosotros

sólo hay un viaje de larga jornada?

La sabiduría divina nos ha juntado en su creación.

Me basta esta cercanía. Más, no necesito

Más no necesitamos. La ocasión nos aleja, el recuerdo nos hace presentes y el tiempo nos une.

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2 Responses to Kairós

  1. Willy Schwartzer dice:

    Te agradezco que publicaras la imagen de Kairos porque en el libro de Marramao se describe y no lograba “verla”.

    Avanzo en la lectura. Empece ayer y si da, te hago llegar mis comentarios

  2. Susana Tibaldi dice:

    Gracias por esta pagina, y que hayas acompañado la imagen alada… El Tiempo ha fascinado a los humanos tanto como para no aceptar que lo inventamos nosotros y que le damos el tamaño de nuestras ansiedades, temores, alegrias…
    saludos cordiales
    su

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