Suspendido

On 14/09/2010, in Crítica y Reflexión, by David

Los exámenes son la forma más habitual de calificar el conocimiento de un individuo. A menudo examinar se entiende por sinónimo de evaluar, simplificación de términos muy común, que lleva a confusiones como la de considerar que el principal modo de evaluar es hacer exámenes. Pero las confusiones sobre los exámenes no terminan aquí. Pues […]

Las notas de Bart

Los exámenes son la forma más habitual de calificar el conocimiento de un individuo. A menudo examinar se entiende por sinónimo de evaluar, simplificación de términos muy común, que lleva a confusiones como la de considerar que el principal modo de evaluar es hacer exámenes.

Pero las confusiones sobre los exámenes no terminan aquí. Pues el examen, originalmente una prueba de excelencia que habilitaba para la práctica de una profesión o para la selección de candidatos para una escala de la administración (las oposiciones); se ha convertido en la escuela en el principal actor del proceso educativo. La justificación de casi todas las decisiones, la excusa para todas las medidas, la prueba del nueve de la valía personal del examinado. En esto el examen escolar le debe mucho a sus orígenes, otorga y niega privilegios, el que pasa de curso, el que es castigado a repetir, quien debe volver a septiembre o el que se hace merecedor de unas vacaciones tras sus buenas notas de junio.

Paradójicamente, las orejas de burro del vencedor, Valentino Rossi

Al examen se le atribuyen virtudes morales, corrige, endereza, nos da a los docentes ese poder que demostramos con amenazas vergonzosas de “poner un examen” o con la vengativa reflexión de “ya veremos luego en el examen…”.  A los niños de primaria se les acostumbra a los exámenes, para que sepan lo que se les viene encima, esa maldición de la ESO donde tendrán “exámenes” y “serán muy difíciles“, una gimnasia examinadora que los padres a veces pedimos….., “es bueno que les exijan“, “así se acostumbran a estudiar“. De nuevo, desvirtuando la idea de evaluación y tornándola en entrenamiento, amenaza o lo que es peor, enseñando un miedo a los exámenes que a muchos al cabo de los años acabará por bloquearlos.

Los nervios

Todos nos hemos puesto nerviosos en los exámenes, todos nos hemos dicho, sé mucho más, lo sé hacer mucho mejor, pero en el examen hemos perdido la serenidad. Y es verdad. Pero no sólo nos crispan, los exámenes obran fabulosos efectos sobres quienes los realizan. Les atribuyen valores que están lejos de poseer, por ejemplo hay a quienes los resultados negativos en los exámenes les convencen de su incapacidad, mientras que a otros el éxito en ellos les confirma el derecho a sentirse herederos del mundo y parte de alguna élite, intelectual, social o económica.

El examen se entiende a menudo como un fracaso o un éxito personal. La prueba irrefutable de nuestra valía. No es extraño por ello que a menudo  las biografías de personajes públicos nos recuerden las hazañas examinadoras de nuestros próceres; quién aprobó la oposición de notario con 23 años, ese diputado que llegó a abogado del estado en plena juventud o ese ministro que terminó con excelentes calificaciones tres carreras a un tiempo.  En esos casos el examen es la ceremonia que habilita para disfrutar un privilegio, el ganar una plaza, el encabezar una lista de aprobados; y sin embargo este carácter opositeril se contagia al examen escolar y suspender se convierte en una tara que compromete nuestro futuro, en el certificado de nuestras virtudes o nuestros vicios.

Tanto es el valor que se le concede que demasiado a menudo los profesores enseñamos a aprobar exámenes en lugar de preocuparnos por el aprendizaje o el gusto por un conocimiento concreto. Cursos enteros, como 2º de Bachillerato, ocupados en transmitir el modo correcto de enfrentarse al “examen de selectividad”,  desgranando una serie de trucos, de rituales y de puntos que conduzcan al neófito al éxito. No es extraño que nuestros alumnos nos pregunten cómo aprobar la asignatura, lo que significa la mayor parte de las veces cómo aprobar nuestros exámenes; y sin embargo jamás nos cuestionen cómo aprender historia o geografía, como dibujar mejor, o cómo hacernos preguntas matemáticas relevantes….., desde luego resulta revelador.

La imagen de la escuela en The Wall - Pink Floyd

Odio los exámenes, he aprobado y suspendido muchos a lo largo de la vida como para darles el valor justo que tienen (sigo suspendiendo exámenes y también sigo aprobando alguno). Sé que abren y cierran puertas pero sé también cuan vaga es la lectura que dan sobre nuestro conocimiento.  Veo cómo con frecuencia, aprueban quienes deben suspender y suspenden los que deberían aprobar, veo en mis alumnos cómo quienes más brillantemente siguen una clase a veces son incapaces de redactar, bajo la presión del tiempo y la responsabilidad de la nota, un folio decente y a derechas.

Vivimos tiempos de gloria para los exámenes, hacemos muchos más exámenes que nuestros abuelos y además nos gloriamos de ello. Por otro lado las autoridades educativas vuelcan sus esfuerzos en una “evaluación” que no es sino una batería de exámenes de estado, más o menos ligeros, con los que jerarquizar, centros, alumnos y talentos, sin más punto de referencia que los resultados de unos problemas o la respuesta de unas preguntas. Hay quienes presumen de colegio por sus muchos exámenes y quien muestra las notas propias o de su centro escolar, como el mejor título de nobleza que pueda imaginarse.

Me inquieta considerar el suspenso como una responsabilidad del alumno en lugar de cómo un fracaso que nos involucra tanto a él como aprendiz como a mí como docente. El aprendizaje es demasiado complejo como para resolver que el fracaso se debe sólo al alumno, resulta tranquilizador hacerlo así, por más que sin duda el trabajo del alumno, su esfuerzo y sus ganas de aprender sean esenciales en el proceso. ¿Hasta donde podemos decir que esas ganas nosotros las fomentamos o las arrasamos? ¿Cómo explicar que los mismos alumnos tengan estupendos resultados en unas asignaturas que un año después con otra metodología o con otro profesor, cosechan espléndidos fracasos? ¿Por qué tendemos a creer que sólo el temor al examen conduce al estudio de una asignatura?.  ¿Por qué en nuestras programaciones la evaluación tiene más de reglas para puntuar y sacar medias, que de estrategia para analizar en profundidad el aprendizaje?.

Insistimos a menudo en la mejora de los sistemas educativos, en esa parte de qué se enseña y el cómo se enseña. A mi juicio hace falta una profunda reflexión sobre qué se evalúa y cómo evaluamos.  Quizás entender eso nos ayudaría mucho más a comprender qué pasa realmente en nuestras clases, quizás nos ayudara a plantearnos que los suspensos son la prueba del nueve, no de la incapacidad de nuestros alumnos, sino de nuestra inutilidad como profesores.  En todo caso supongo que mi resentimiento hacia los exámenes nace del hecho de haber sido mil veces suspendido y que esto que escribo no es sino la mala baba de quien es incapaz de reconocer el éxito “examineril”. Todo puede ser…..  así que de momento me pongo este estupendo “cero en gimnasia” del Sr. Chinarro en un disco cuyo título es un magnífico epílogo para este post “La pena máxima” (¿No es eso un examen?)


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2 Responses to Suspendido

  1. Miguel Martín Gutiérrez dice:

    Muy buena reflexión. Como docente también soy contrario a los exámenes como única forma de evaluar. Ha sido un placer descubrir tu blog. Salud!!!!

    • David dice:

      Me alegra compartir criterio contigo, aunque como bien sabes es una idea antigua que sorprendentemente sigue sin estar aceptada en sus justos términos.

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